Héctor Rodas Andrade: La visa de un escritor son sus libros

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Por José J. Guzmán

Héctor Rodas Andrade (Quetzaltenango, 1963) vestido con su peculiar forma de sombrero y saco entra a la casa patronal de Villa de Guadalupe, una casa de campo de siglos pasados a las afueras de Quetzaltenango rodeada de plantaciones de trigo y maíz cuyo interior guarda un amplio patio con una briza otoñal y hojarasca de temporada que al pisarla se amalgama con sus respuestas impredecibles, un ambiente que le ha servido de escenario para la germinación de parte de su obra poética, la mayoría publicada por su propia editorial Tormonde Ediciones. En el centro de aquel lugar de encanto se realiza esta conversación con ese alguien a quien no le gustan las entrevistas, porque prefiere escribir, escribir tanto.

Su oficio de poeta, como dice él, no se define ni se limita, no principia ni tiene fin, mucho menos se reduce a la inspiración, tan banal que llega a agotarse en cualquier momento, al contrario trasciende como una perla de simetría perfecta y lustre particular trabajada con la llegada de los años, sin duda un oficio pulido con sus viajes, sus más de 16 libros publicados, los autores a quienes les ha estrechado la mano y las vivencias que al plasmarlas en papel le permiten traspasar todos los umbrales posibles (o conocidos) de la conciencia humana. Un escritor genuino y una de las plumas más importantes de la literatura guatemalteca de este siglo, quien a sus 12 años emprendió la muy pelicular, intima, sublime y encantadora tarea de buscar la belleza.

En oficio del poeta ¿cómo puede ser definido por Héctor Rodas Andrade?
Se ha considerado tradicionalmente el elemento de la inspiración como la varita mágica del poeta, pero la inspiración es realmente el oficio de trabajar de forma constante, con las palabras que son la herramienta del poeta, mi trabajo, es constante, no pasa ni un día sin que escriba.

 

Podemos tomar la metáfora del nadador olímpico que nadará bien siempre que se meta a la piscina, un genuino escritor, por su parte, ¿es así, siempre escribirá bien cada vez que tome la pluma?
Esa es otra cuestión, calificar al escritor por su buena o mala poesía, realmente no hay poesía mala, porque es una categoría estética, la superior.

¿Cuál es tu finalidad dentro del arte de escribir poesía?
No es la búsqueda de sí mismo como se pretende por parte de algunos escritores, el común de la gente es realizarse en algo, su zona de confort está en la realización, en el caso del poeta es algo más contradictorio: él siempre se va a estar buscando y afortunadamente nunca va a llegar a encontrarse. Es un camino sin límites, el poeta no se define por un poema, o por un puñado de versos, o por un libro publicado. La definición del poeta es el ser que busca a través de la palabra nombrar el mundo y redescubrirlo.

Como el mito de Sísifo, al levantar la pesada piedra hasta la cumbre esta vuelve a caer y tiene que empezar de nuevo.
El poeta por su propia cuenta vuelve a descender, sabiendo que debe volver a subir, esa es la constante del camino, pero la ventaja del poeta es que ya estando en lo alto tiene la capacidad de ver, de detenerse a contemplar. No creo, ni conozco a ningún poeta de éxito, porque el poeta no busca ese fin materialista, el poeta es alguien que se dedica, de forma muy crítica, a considerar todos los aspectos de la vida diaria.

Has hablado que escribes durmiendo, ¿es un don, algún tipo de pensamiento mágico- religioso o algo que podamos considerar como trastorno?
Es un trastorno de sueño talvez. Duermo muy poco, leo en la noche y me despierto en un rato y tengo que escribir, a veces lo que sueño. Y creo que eso a todos los poetas y artistas nos pasa. El subconsciente tiene un gran dominio sobre nosotros.

Entonces ¿te apoyas en los sueños para escribir?
Les tengo cariño y cierto miedo, porque mis sueños son muy recurrentes, se relacionan siempre con lo mismo y crean una angustia constante. La materia prima de mi poesía es una amalgama entre los sueños y la realidad.

¿Y qué es eso recurrente dentro de tus sueños?
Caer en abismos. Deslizarme desde lugares altos, venirme desplomando, pero siempre, siempre, logro agarrarme de algo, nunca llego a caer del todo.

Decía el psiquiatra Carl Jung que un hombre que no ha pasado a través del infierno de sus pasiones no las ha superado nunca. ¿Crees que el oficio del poeta es navegar en lo profundo del alma humana y volver a salir?
Sí, el poeta trata de inmiscuirse dentro de la vida íntima del lector, se mete en las emociones, en el pensamiento de quien los lee. Se cree que el poeta es un ser individualista: solo él y su mundo. Pero no, el poeta lo que hace es infiltrarse en la existencia del ser humano de una forma bastante amplia. El escritor toma las experiencias más trágicas de la gente, las hace suyas y las da trasformadas en obras poéticas.

¿Crees que escribir es otra dimensión del ser humano, es como materializar represiones, deseos, vivencias pasadas propias o de otras generaciones?
Sí. Uno es el contenido de las vidas que le rodean y de la de uno mismo. El que escribe poemas solamente por el momento no tiene realmente una consideración clara de lo que es la poesía. La poesía va más allá, es una forma de vida.

La historia de tu familia ¿Tu familia ha sido propicia para hacerte poeta?
No del todo, mis padres no miraban con buena cara mi oficio, porque el artista siempre va a ser la oveja descarriada de la familia, porque tiene otra forma de comportarse, conducirse y querer realizarse en algo que a la larga no le va a dar satisfacciones materiales, pero si espirituales e intelectuales. Sobre todo mi papá, él no quería que escribiera, porque mi abuelo fue escritor y periodista, y sus condiciones de vida económica no fueron propicias. Mis padres no querían que repitiera la historia de mi abuelo.

¿Y si afectó eso tu sensibilidad cuando eras pequeño? Me refiero a que tu familia quería romper ese hilo genético.
Sí, pero mi padre con el tiempo fue entendiendo que lo que realmente a mí me gustaba era escribir poesía: esa pasión y obsesión de hacer de las palabras mi mundo.

¿Cómo fue tu vida da partir de eso, cómo inició el joven Héctor de 12 años que deseaba ser escritor?
Creo que mucho poetas pasamos por lo mismo, parece un cliché: recuerdo que para un Día de la Madre en la escuela nos tocó leer un poema a cada compañero, yo escribí el mío y mis amigos me dijeron que ese poema lo había copiado de un libro, cuando en verdad fue una creación propia. Ya cuando estudié en el INVO, realmente no escribía nada sobre el contenido de las clases, escribía poemas, la mayor parte de mis cuadernos estaban repletos de poesía.

¿Nunca creíste en la academia?
Nunca fue mi área de culminación existencial. Desde que nos descubrimos, la poesía me descubrió a mí y yo la descubrí a ella, aprendí a hacer lo que realmente amo. La mayor parte del tiempo estoy pensando en la creación literaria.

¿Cómo fue la aventura de tu primer libro?
Tuvo una impresionante edición de diez ejemplares, fotocopiados, con ilustraciones y una caratula sencilla.

¿Ya te habías inmiscuido en el círculo de artistas de Xela?
Sí, pero lo más curioso es que entre esos artistas yo era el más joven. Me relacioné con artistas plásticos más que con escritores, a mí siempre me ha atraído la pintura, hasta cierto punto tengo cierta frustración como pintor, personalmente considero que mi poesía es muy distinta de lo que se escribe en el resto de Guatemala

Tal como lo representa tu libro Canto Amatorio, Héctor Rodas Andrade siempre buscaba el romance, una búsqueda de la belleza.
La poesía siempre aspira a la belleza y aquellos versos que uno se queda paladeando después de haberlos leído son los realmente artísticos, son poemas con los que nos sentimos bien repitiéndolos. En estos tiempos la belleza es una categoría estética a la cual el artista ya no aspira, porque la belleza supuestamente es algo cursi, ahora el artista es un esnobismo, mucha gente está escribiendo poesía, pero lo hacen como terapia. En internet quién no escribe un poema, que no es malo ni está prohibido, pero el oficio es algo más que plasmar versos, por el contrario esos versos deben tener una profundidad que realmente provoque el placer.

Y has explorado varias formas, porque Trofeos de Caza es un poemario totalmente diferente a Canto Amatorio.
Mis libros abordan distintas temáticas, Trofeos de Caza es un libro que futurizó mucho lo que está pasando con el medio ambiente, ese libro lo escribí hace 23 años, pero el amor siempre ha sido un tema muy frecuente en mis poemas. ¿Pero cómo hablar del amor de una forma distinta que deje un buen sabor a boca y que no se confunda con el resto de lo que se escribe? Ese es el reto del poeta: decirlo con una impresión más sublime y que juegue entre lo real y lo irreal.

Poemas no Premiados, un libro que tiene poemas derrotados, que nunca ganaron un premio, que no gustaron a ciertas personas.
Los que se lo perdieron fueron los jurados, esos poemas los envié a varios certámenes y nunca ganaron, y a mí me gustan, por lo regular todos mis poemas me gustan, pero estos versos tuvieron la mejor suerte y camino que puede tener un poema: ser publicados.

El poeta siempre lleva algo de maldición ¿tú te consideras así?
En cierta forma es una maldición escribir poemas, no debemos ver el oficio solo del lado agradable. Hay que reconocer que el poeta es un ser muy complicado, no es un ente ni un agente tan fácil de entender ni comprender, bueno tampoco como poeta busca que se le comprenda.

Consejos de una madre feminista a su hija es una de tus obras más famosas.
Este libro lo escribí hace 18 años, hasta cierto punto fue tomando posiciones adelantadas, hechos que se sucederán más adelante. Esa es una cualidad del poeta: trascender y ver más allá, este libro lo tendría que haber escrito una mujer, una mujer poeta, con esa crudeza estética con la que está escrito el poema. No es un libro complicado, pero cada verso es sincero, un poema que dice lo que una madre debe de decirle a su hija en estos tiempos.

¿Tus maestros?
Me encantan los libros de mi abuelo, Joaquín Mejicanos, es mi maestro, sobre todo admiro uno que se llama Mis Peregrinaciones por Centroamérica que es su biografía. Él me embarcó mucho en cuanto a mi vocación por la literatura. A él nunca lo conocí, solo lo conocí por sus libros, por lo que escribía.

Luego de eso siento que todos los poetas pasamos por el amor enfermizo de Neruda, todos queremos ser él a una edad, porque es el referente de la poesía amorosa. Me apasiona Sabines, por lo común sobre lo que escribe, lo cotidiano y lo simple A través de ahí uno va sabiendo como argumentar la vida. Fernando Pessoa me encanta, un personaje que era siete poetas al mismo tiempo, todos muy bien personificados. Borges, es ingeniosamente metafísico, el mundo de él te hace ver que la poesía es también una carga de reflexión filosófica.

La poesía te ha permitido viajar por el mundo, creo que si no hubieras sido poeta, nunca hubiera viajado de esa forma.
Totalmente. La visa de un poeta son sus libros, porque realmente los libros me han facilitado la vida, y no solo porque a través ellos me hayan invitado a otro países, sino porque realmente me han facilitado ciertos procesos estando en otro lugar: me han sacado de apuros económicos, a la hora de decir que soy poeta la gente me trata de otra forma, es como una garantía, pero no siempre, porque los poetas no son bienvenidos a todas partes. Cada viaje es un libro de anécdotas, una cantidad de intrigas que tocan muchos extremos, como un secuestro por horas en una isla del Caribe, el haber estado vendiendo mis libros en una calle de España por haberme quedado sin ningún centavo, que me corrieran de un centro de acopio en Madrid, porque no llegue a dormir una noche y me dijeron que esa no era mi casa, quedarme entre México, Belice y Guatemala durmiendo entre un puente, porque no podía estar en ninguno de los tres países, vivir tres meses en una región selvática de Quintana Roo con 30 poetas que no podían convivir con ellos mismos durante 30 días.

¿Por qué no podían convivir?
Era un curso para escritores de Centroamérica, el Caribe y México en la Casa Internacional del Escritor en Bacalar, que entonces era un pueblo pequeño. Simplemente llegó un momento en que los conflictos eran demasiado entre todos, porque cada quién se sentía el mejor poeta del mundo.

Estuviste entonces entre los 30 mejores poetas del mundo.
(Risas) Sí, el artista de por sí es ególatra y ambicioso con su obra, que es distinto al narcisismo que sufre la gente, este, el del poeta, tiene su encanto.

En tus viajes te topaste con grandes escritores.
Tuve la oportunidad de conocer a Mario Benedetti. A José Saramago lo encontré en España, cuando lo volví a ver en costar Rica fue emocionante porque cuando encontré a la esposa le dije quién era yo, ella me tomó de la mano y me condujo entre toda la gente gritando ¡José! ¡José! Aquí está el poeta Héctor Rodas Andrade. Saramago con sus grandes lentes se volteó y me reconoció.

Héctor Rodas Andrade publicó a finales de 2017 su último libro, esta vez de poesía para niños escrito durante cuatro años a sus dos hijos Héctor y Ricardo, y que fue ilustrado por César Pinto, lleva por nombre El Mantel Mágico. A mediamos de marzo de 2018 se espera la publicación de un nuevo libro editado en España por la editorial Verbum. Quedará esparcido en los pendientes su famoso libro Amorosidades traducido al portugués que nunca vio la luz y que de haberlo hecho, hubiera sido prologado por José Saramago, el Premio Nobel de Literatura de 1998 que estrechó en Costa Rica la mano de Héctor Rodas Andrade, el poeta quetzalteco que aún tiene tantos poemas que escribir y tantas historias que contar.

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